jueves, 30 de julio de 2009

Apología del Canibalismo

En una tarde de julio, me encontraba hablando con Daniel, uno de mis viejos amigos, de las tantas veces que hemos fracasado en el engorroso mundo del amor, de los tantos desplantes que nos han hecho las mujeres y de las ocasiones en las que nosotros mismos hemos pecado por ineficientes.

Luego hacer un pequeño balance, llegué a la conclusión que yo era un poco más inexperto y torpe que mi buen amigo, y que en definitiva tenía que encontrar una manera de hacer las cosas más simples y más fáciles.

Decidí entonces crear una receta para poder “comerme” a la mujer de mis sueños, aunque supuse que no sería fácil, porque aparte de ser un pésimo don Juan, era peor en las labores gastronómicas.

Lo primero fue pensar que ingredientes eran necesarios para poder llegar al corazón de aquella dama, a quien agregándole solo algunos toques de mi inexperta sazón, pudiese llevar a mi paladar a dar un paseo por las nubes.

Pensé entonces que lo primero era conseguir a alguien que se adaptara al prototipo de mujer perfecta, que manejara ciertos cánones de belleza y que pudiese desenvolverse sin dificultad en cualquier tipo de conversación.

Una vez establecida una relación, lo siguiente seria llenar de caricias, condimentar de besos y abrazos, echar a la olla miles de detalles y atenciones que pudiesen robar suspiros, algunos cariñitos y uno que otro “te amo”.

También recordé que sería bueno poder conseguir algunas de esas especias picantes del oriente como el “kamasutra” o el “tantra”, que pudiesen despertar a las bestias que disfrazamos de prejuicios y encerramos en el fondo de nuestra mente y nuestro corazón.

Y cuando llegase esa plenitud que tanto había deseado, le brindaría a mi amada la más dulce de las muertes, para poder así conservar intacto ese amor ideal que tanto había esperado, la dormiría con algún tipo de valeriana y posteriormente la ahogaría, no podría asesinarla por los métodos convencionales, porque el asustarla antes de matarla provocaría que su carne se tensionara y que ya no tuviera la calidad necesaria para poder preparar el mejor de los manjares.

Después de descuartizar a mi amada con esmero, guardaría con cuidado cada una de las caricias en el congelador, prepararía día a día algunos platos que pudiesen deleitar a mi endurecido corazón, y cuando el amor que conseguí empiece a escasear en la alacena, me dispondré a buscar nuevos ingredientes en el mercado mayorista de los corazones rotos.

(Ninguna mujer fue lastimada en la realización de esta crónica)

3 comentarios:

  1. Muy buena tu crónica Julian!
    Saludos desde la Cd. de México...

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  2. Fuli, me encantó! dan ganas de ser la descuartizada, funcioa muy bien :) ahora entiendo porqué Higuita dice que escribes snob :P

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